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Cómo mejorar la eficiencia energética en una vivienda antigua

Cómo mejorar la eficiencia energética en una vivienda antigua

Muchas viviendas antiguas tienen algo que sigue resultando muy atractivo incluso hoy:
muros gruesos, espacios con carácter, buena relación con el exterior o ubicaciones difíciles de encontrar en obra nueva.

Pero también suelen compartir una serie de problemas bastante habituales:
frío en invierno, sobrecalentamiento en verano, humedades, corrientes de aire o consumos energéticos muy elevados.

Y muchas veces, el problema no está en un único punto concreto, sino en el conjunto del edificio.

Cuando hablamos de mejorar la eficiencia energética de una vivienda antigua, mucha gente piensa directamente en cambiar ventanas o instalar un sistema de climatización más moderno. Pero normalmente, el enfoque tiene que ir bastante más allá.

1. Mejorar el aislamiento de la envolvente

Una gran parte de las pérdidas energéticas se producen a través de fachada, cubierta y suelo.

En muchas viviendas antiguas prácticamente no existe aislamiento térmico, por lo que actuar sobre la envolvente suele ser una de las medidas más efectivas.

En fachada, una de las soluciones más habituales es incorporar aislamiento por el exterior mediante sistemas SATE o fachadas ventiladas. Este tipo de soluciones permiten mejorar notablemente el comportamiento térmico del edificio reduciendo además muchos puentes térmicos.

Cuando por cuestiones estéticas, patrimoniales o urbanísticas no es posible actuar por el exterior, también puede estudiarse el aislamiento interior mediante trasdosados autoportantes con aislamiento térmico incorporado.

La cubierta es otro de los puntos críticos. En este tipo de edificaciones, es muy frecuente encontrarse cubiertas deterioradas o con escaso comportamiento térmico, por lo que muchas veces la sustitución de la cubierta supone una muy buena oportunidad para incorporar soluciones con aislamiento térmico y mejorar considerablemente el confort interior de la vivienda.

Y en muchas viviendas antiguas, el suelo también suele presentar bastantes problemas:
falta de aislamiento, humedades, sensación de frío o incluso problemas derivados del contacto directo con el terreno.

En estos casos, estudiar soluciones mediante forjado ventilado puede permitir no solo mejorar el aislamiento térmico del suelo, sino también ayudar a resolver problemas de ventilación, humedad o incluso exposición al gas radón.

Y muchas veces, la sensación de mejora no es solo energética, sino también de habitabilidad.

2. Sustituir carpinterías ineficientes

Las ventanas suelen ser, de por sí, uno de los puntos más débiles del edificio en lo referente al comportamiento térmico.

Carpinterías antiguas con poca estanqueidad, vidrios simples o encuentros mal resueltos generan pérdidas térmicas, condensaciones y corrientes de aire bastante frecuentes.

La sustitución por carpinterías más eficientes suele tener un impacto importante tanto en consumo energético como en confort interior.

Actualmente, las soluciones más habituales en el mercado suelen ser las carpinterías de PVC o las de aluminio con rotura de puente térmico, normalmente acompañadas de vidrios con mejores prestaciones térmicas y acústicas.

Aunque no siempre la mejor solución pasa necesariamente por reemplazarlas.

En determinadas ocasiones, especialmente cuando las ventanas existentes tienen cierto interés artístico, constructivo o patrimonial, es posible conservarlas y mejorar parcialmente su comportamiento térmico incorporando un segundo vidrio o sistemas complementarios interiores.

Evidentemente, esto no va a salvar al mundo del cambio climático ni va a convertir una carpintería antigua en una ventana de altas prestaciones, pero sí puede ayudar a mejorar ligeramente el confort térmico de la vivienda manteniendo al mismo tiempo unas ventanas con valor arquitectónico y carácter propio.

Y muchas veces, conservar determinados elementos originales también forma parte de una buena rehabilitación.

3. Mejorar las instalaciones

Una vez reducida la demanda energética del edificio mediante mejoras en aislamiento, carpinterías o cubierta, el siguiente paso es estudiar cómo cubrir esa demanda de la forma más eficiente posible.

Porque en esta fase ya no se trata tanto de consumir menos, sino de conseguir que la energía que seguimos necesitando se genere y se utilice de la manera más eficiente, económica y confortable posible.

Actualmente, una de las soluciones más habituales y eficientes en rehabilitación es la aerotermia, especialmente cuando se combina con sistemas de baja temperatura como suelo radiante o radiadores de baja temperatura.

También es frecuente incorporar apoyo mediante energía fotovoltaica para reducir parte del consumo eléctrico de la vivienda, especialmente en viviendas unifamiliares donde suele existir mayor superficie de cubierta disponible.

En determinados casos, también pueden estudiarse soluciones híbridas o sistemas complementarios como estufas de biomasa, recuperación de calor en ventilación o acumulación de ACS más eficiente.

Pero muchas veces, más importante que instalar el sistema “más moderno” es entender qué necesita realmente la vivienda y qué solución tiene más sentido para ese caso concreto.

Porque una instalación muy eficiente en una vivienda mal aislada seguirá teniendo consumos elevados.

Y precisamente por eso, en rehabilitación energética, normalmente las mejores soluciones aparecen cuando envolvente e instalaciones se entienden como parte de una misma estrategia.

4. Entender la vivienda en su conjunto

Probablemente una de las partes más importantes.

Porque cada vivienda antigua tiene patologías, orientaciones, sistemas constructivos y condicionantes distintos.

Y muchas veces, la clave no está en aplicar soluciones estándar, sino en entender cómo funciona realmente el edificio para decidir dónde merece la pena actuar y dónde no.

Una buena rehabilitación energética no consiste únicamente en consumir menos.

También consiste en conseguir viviendas más confortables, más saludables y capaces de funcionar mejor durante muchos años.